El proyecto del tren de alta velocidad que conectará Nueva York con Los Ángeles, impulsado por Amtrak y una alianza público‑privada, ha sido pospuesto hasta 2028; la nueva fecha de inauguración se anunció esta semana tras la revisión de los cronogramas de financiación y de los permisos regulatorios, y el retraso afecta a la ruta que cruzará ciudades como Filadelfia, Washington DC, Chicago, Denver y Las Vegas, mientras que la iniciativa busca reducir el tiempo de viaje a menos de 30 horas.
Motivos del aplazamiento
El Departamento de Transporte (DOT) informó que la revisión de los estudios de impacto ambiental y la falta de compromisos definitivos de inversión por parte de los gobiernos estatales y los socios privados obligaron a reprogramar la fase inicial de construcción. La estimación original de $130 mil millones ahora se ha revisado a $150 mil millones, en parte por el aumento de los costos de materiales y la necesidad de adaptar la infraestructura a normas de seguridad más estrictas.
Además, la Comisión de Ferrocarriles de EE. UU. (FRA) solicitó nuevas pruebas de viabilidad para los tramos que atraviesan la zona montañosa de Colorado y el desierto de Nevada, lo que ha añadido varios meses al calendario de licencias.
Impacto en la región y expectativas de uso
Una vez operativo, el tren cubrirá aproximadamente 3 200 km a velocidades de hasta 320 km/h, conectando la Terminal Penn Station de Manhattan con la Union Station de Los Ángeles. Se prevé que la línea transporte alrededor de 25 millones de pasajeros al año, lo que aliviaría la congestión de aeropuertos como JFK, LaGuardia y LAX, y ofrecería una alternativa sostenible a los vuelos de costa a costa.
Los alcaldes de Manhattan, Chicago y Los Ángeles han resaltado la importancia del proyecto para revitalizar distritos como el Lower East Side y el Downtown de Los Ángeles, donde se planean estaciones intermodales que integrarán servicios de metro, autobuses y bicicletas compartidas.
Mientras tanto, los sindicatos de conductores y los grupos ambientalistas siguen presionando para que el proyecto mantenga sus compromisos de reducción de emisiones, apuntando a una disminución del 30 % en la huella de carbono del transporte interurbano una vez que el tren esté en funcionamiento.


